Un Jíbaro Vagabundo

Un espacio para relatar cada ñoña que acontece en mis viajes

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Era de esas canciones que sonaba cada noche, imposible de olvidar. Todo el mundo se pumpeaba y yo juraba que era algún panameño el que cantaba. Me puse a buscar a ver quién rayos tocaba eso, sólo para perpetuar en el recuerdo por medio del sonido cada acontecimiento del “boliche”. Para mi sorpresa… el tipo este es el que anda mas pega’o que un derrame de crazy glue es Vico-C. Yo lo hacía en la otra vida, pero como él mismo dijo, es “aquel que había muerto y de la tumba sa-lio”. 

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Nochebuena, sin lechón…

Desperté, eran como las 3:00pm, y no me digan vago que llegué a las 9:30 am de janguear. Estaba solo, Juan nunca llegó. Me despertó su llamada anunciándome que su familia me invitaba a pasar la nochebuena con ellos. ¡Qué suerte! La verdad no tenía ni idea de qué iba a hacer. Y pasan las horas, y a eso de las 6:30pm llego a mi destino. La casa de la familia de Juan. Queda en el centro de Buenos Aires, justo al comienzo de la calle Libertad. Es un segudo nivel, con balcón que ofrece vista a la ciudad. Las calles del centro andan cubiertas de papel, pues según me cuentan es hábito que al final del año se arrojan a la calle decenas de papeles desde los balcones, superstición o algo así. Supongo que es una vaina como lo que hacen las doñas en Puerto Rico, que mapean antes de acabar el año y tiran el agua por el balcón pa’ espantar la mala suerte, malos espíritus y si hacía mucho no limpiaba hasta las parrandas con la peste. La cosa es que la calle está forrá de blanco, y que yo estoy donde tenía que estar. Me presentan a los integrantes de la familia, la verdad no se me quedó mas que un solo nombre, el de la integrante mas chica, Cely (y no estoy tan seguro). La mamá de Juan, mujer de unos 5’3”, delgada, siempre sonriente. Se toma todo a broma y se le nota que es una mujer incansable. Mejor no me pudo atender, la verdad es que le agarré cariño a la primera. Le sigue la hermana mayor, cuyo nombre no recuerdo. Muchacha de como 24 supongo, bastante seria de primera intención. Sonrió dulcemente en el momento en que nos presentaron y continuó con su actividad. Y la menor, Cely, que no pasa de 9 años, correteando junto a su primita por toda la casa. Tímida, como cualquier niño de su edad. Dentro de un rato llegó una pareja, que no entendí bien como era la vaina de su conexión familiar. Yo en esos asuntos no me meto, por lo tanto queda como nublada esa relación. Ambos tenían alrededor de treinta y algo, bajitos. Obviamente, ahí llegó el primer beso masculino de la noche. Todavía es que no me acostumbro. Pero bueno, al menos fue el único. Por ahí después apareció Alan, hermano de Juan, su profesión, gamer. Como de 15, siempre con media sonrisa expuesta, saludó y a su ordenador. Y pasaron las horas, entre pláticas ocasionales y confección de alimentos, hasta que llegó la hora de cenar.

Eran ya las 10:00pm. Y de esto se trata la nochebuena aquí. Juntarse en familia, todos en la mesa, y comer. Hay quienes hacen parrillada, otros cenan gourmet, pero la idea es la misma. La música es ligera, cualquier cosa pa’ rellenar el silencio. Y allí estamos, yo con mi poker face, loco por escuchar “Aires de Navidad” de Héctor Lavoe. Ñeta, extraño amanecer en casa, mi mamá limpiando, la música sonando, y los regalos bajo el arbol. Wait, o sea, esta va a ser mi primera navidad sin regalo. Coño, no había pensado esa. Bueno, que diablos, quién me manda.

Sirven la cena, y ahí va el poker face de nuevo. En el plato me mira un tomate crudo, relleno de no se qué rayos, es como amarillo, tiene papa. A la derecha un huevo hervido, relleno también de una cosa amarilla más oscura. A ver como coño me voy a bajar esto. A la izquierda de ambas, un poco de arroz con pollo, mi salvación. También una ensalada de papa, otra de brocoli, y una cosa rara que parece un brazo gitano gigante que esta gente le llama piñón. Era una situación dificil, estama esmaya’o, el plato no tenía ni pizca de apariencia apetitosa, y los ojos de todos estaban fijos en mí esperando mi reacción. Cada vez que pasaban una cosa rara para servir la frase era la misma, "tomá, para que vos puebes un poco". ¿Cómo decir que no? Después que me invitan, me tratan tan bien. ¿Cómo rechazar el tomate ese que aún respira? Tocó decir que sí, y en un momento de silencio analicé. Bueno Ángel, la CocaCola es cara, así que no tomes mucho, vas a tener que bajar esto a pura saliva. Empieza por lo mas nasty, el huevo ese. Mientras le metes el diente a eso, mira como se comen el jodio tomate, si lo agarran manzana style, o lo pican, o que se yo. Y comienza el combate mano a mano, o mano a cascarón mas bien. Corto, mastico, mantengo la postura, trago. Mierda, sabe a carajo. To’ lo que queda. Sigo comiendo, y veo que el tomate lo parten con el cuchillo y eso, lo que me alivia. Hubiera estado jodido tener que meterle un mordisco. Continuo, y se acaba el huevo. Sobreviví, en la mesa dicen que estaba rico, dentro de mí decía, cabrones, se nota que no han proba’o pasteles de yuca. Y no hago mas que mirar por dónde putas le pongo el cuchillo al tomatico y ya me ofrecen otro huevo. No, gracias, en serio, no, está bien, gracias por su gentileza, no como mucho, pero dentro de mí gritaba “puñeta que sabe a mierda y no quiero”. Y nos miramos fijamente, el tomate y yo, interconectados por ese momento. Era una escena perfecta para el intro de una nueva parte de "The attack of the killer tomatoes". Corto, y siento que me habla, que me pide que no lo haga. Agarro con el tenedor, y se me ocurrió mezclarlo con el arroz con pollo. No está tan mal, se deja comer. Y al parecer me vieron cara de satisfacción por que ya me ofecieron otro tomate. Pero no, no gracias. Las ensaladas ya estaban mucho mejor, de haberlo sabido le metía a eso namá’. Aparte, hay que ser bien cabrón pa’ joder una ensalada de papa. Y llegué al piñón, la verdad es que no puedo explicar como era la cosa, pero se veía bien. Cuando pruebo esa pendejá, maldita sea, por qué no me comí eso primero pa’ que me ofrecieran mas. Sea mi vida gris, es que me pasa solo a mí. Está en el top de lo mejor que he proba’o aquí. Pero bueno, la buena noticia es que sabía rico. 

Después de la cena platicamos largo, yo, apenas entendía por momentos así que parecía sordomudo. Lo que sí es que habían puesto el abanico hacia mí y el frío me atacaba. En un punto la hermana de Juan se levanta para moverlo o sabrá Dios pa’ que. Y se me salió un, si muevelo pa’ otro lao’ por fa. Obviamente hablé en boricua y no entendió ni mierda, y le volví a decir, aja, que no hay problem, que lo muevas pa’ donde quieras. Tampoco entendió, “que me estoy cagando del frío”. Y esa fue mi aportación de la noche de comedia en la mesa.

Ya habiendo casi reposado, aparece la mamá de Juan con un pollo asa’o. Me cago en to’. De haberlo sabido no comía na’ y me jartaba de pollo. Sabía como si se lo hubieran roba’o a Apolo en el Olimpo y lo llevaron para consumo de los mortales. Pero yo estaba lleno. Curioso fue que una vez terminamos, comenzaron a recoger to’. Las sobras las echaron en envases plásticos, incluyendo lo que las nenas dejaron en el plato. ¡Qué puercos! Dirían muchos. Pero por suerte aprendí sobre el corralito, y todo me hizo perfecto sentido. Me sentí mal por la forma en que en Puerto Rico desperdiciamos la comida. Si total, debe saber igual o mejor. Si total, la comida de restaurantes mas manoseá no puede estar. Me voló la cabeza todo ese evento.

Luego de echar mas chistes, “llegó Papá Noel”. O sea, Santa Clój, pero versión latinoamericana. Acá el gordo mas hábil no puede ser. Estando las nenas despiertas, mientras miraban los fuegos artificiales en el balcón, el gordo llegó dejó los juguetes y se fué. Cosa cabrona. Nada de galletas ni leche, ni de acuéstate a dormir. Ahora no hay na’ en 5 minutos están los regalos. ¿El resultado? El mismo. La satisfacción de ver la cara delos niños maravillados. Es simplemente imposible de igualar. Sólo pude pensar, yo también quiero tener hijos y vivir esto.

Ya luego las nenas se pusieron a jugar, los grandes a echar chiste y tomar, y culminé haciéndome pana de la hermana de Juan. Que terminó siendo la persona mas cool en el lugar. Guitarrista, escucha algo de metal, y poco tiempo pasó para que agarrara la guitarra y estuviéramos horas hablando ñoñas, tocando, hasta que literalmente salió el sol. La verdad la pasé re-bien (usando modismos argentinos). Me trataron como uno más y aliviaron lo mucho que extraño la navidad de mi isla. Gracias a todos.

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CouchSurfing Party @ Martin’s

Y llegó la noche. Había cuadra’o con Martín pa’ dar una clasecita de salsa en su apartamento previo al party, pa’ los que llegaran temprano. La vaina es que llegué tarde, tardísimo, con casi dos horas de retraso. Me dí una perdía de madre, caminé las mismas 3 cuadras decenas de veces. Al parecer la ciudad se pone disfraz al atardecer, haciéndola casi irreconocible en la noche. Pero llegué. Eran poco mas de las 10:00 de este, el segundo día de verano. El apartamento quedaba en un tercer nivel, el mas alto del edificio. Era raro, pues al abrir la puerta de entrada, te saluda un patio interior. Simplemente era genial. A la izquierda, pura pared, a la derecha, tres puertas. De frente una puerta mas y en diagonal hacia al noroeste había una escalera que daba hacia el techo. Cada puerta daba a una región del apartamento, baño, habitación, sala-comedor. Y al frente la cocina. Todo estaba abierto, había poca gente y tan pronto Martín me presentó a los que ya habían llegado casi me obligan a comenzar la clase. Conecté el ipod y comenzó la salsa. Clase bilingüe pa’ los allí presentes y en menos de dos horas ya estaban motiva’os bailando y dando vueltas. Un corillo de gente que ni podía diferenciar entre salsa y merengue, sonrientes y con el ánimo en las nubes. Definitivamente me encanta esta pendejá. Al final, eran como 14 los estudiantes, colombianos, argentinos, isreaelitas, alemanes, en fin, una amalgama de culturas única. 

Entró ya la noche, y se llenó eso. Mas de 70 personas acomodadas de manera espectacular. Chinos, gringos, y hasta una paquistaní logré conocer. Todos con un par de cosas en la mente. Conocer y pasarla bien. Fernet con coca era la orden predilecta. A mí, que no bebo, me supo a mierda. Así que opté por una Quilmes mejor y a echar plática con todo el que pase.

Y la gente bailó, tomó, bailó mas. Las conversaciones migraban de tópico en tópico, aunque lo único que compartíamos en común era el hecho de que nos gusta el viaje. Y la gente tomó, bailó, y tomó mas. Las sonrisas afloraban mientras conocías a cada extraño. Sensación imposible de igualar. El resultado de que cada individuo estaba solo. Y solo no en el contexto espacial del momento, sino que cohabitabamos un espacio donde no conocíamos a nadie mas. Donde el lugar de origen estaba a miles de kilómetros de distancia. Y la gente se abrazó, se besó, y se abrazó mas. La simpatía era la orden del día. Aunque apenas pudieras entender a quien tuvieras de frente, éste era tu amigo. A pesar que sabías conocías la improbabilidad de volverlos a ver. Era una muestra de humanismo. Todo lo que allí acontecía cargaba gotas de buena vibra. Ese momento en que hasta las mujeres se llevan bien entre ellas. Ese era mi paraíso terrenal. Ese día, Rousseau habría probado su punto. El hombre es bueno por naturaleza. O quizás Owen se llevaba la mejor tajada, el hombre es bueno por naturaleza, pero las circunstancias no le dejan serlo. Y era en ese momento, al parecer, que los ingredientes que nos permiten serlo coincidían, en ese punto del espacio, en esa hora.

Bah, yo no sé. Todo se resume en que la pasé cabrón. En que había gente lo suficientemente ebria para afirmar que su jugo de manzana era vino. En que los alemanes ganaron el battle of the hips esa noche (las colombianas no compitieron, hubieran ganado de seguro). En que la gente era monísima, y en que aunque no me he ido de aquí ya quiero volver. 

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Recorriendo la ciudad, y cero turisteo

Me toca hacer el checkout, hoy me mudo con mi pana Juan, quien me ofreció un matre en el piso de su apartamento y obviamente no voy a decir que no. Me pidió que le hiciera un par de favores, recogerle unas piezas que compró online, así que hoy me toca andar largo y no como turista. Me despido de la gente del hostel, quienes mejor no pudieron ser conmigo. La verdad es que les agarré cariño rápido. Bueno, ahora a echar pata. Primer destino, pasar por el trabajo de Juan, recoger copia de su ID y toda la ñoña que me van a pedir. Agarro el subte y escucho a la gente quejarse. El gobierno decidió operar hoy como si fuera feriado, o sea, con el mínimo de personal. ¿Por qué? Es 23 de diciembre, y al parecer la pendejá de que a los empleados del gobierno les da rash trabajar es una cosa que no se limita a las fronteras boricuas. Ya huele a que la voy a pasar mal. Llego, tomo los documentos, y comienza mi aventura. Primer destino, Ave. Rivadavia, para el 5500. Tomo el subterráneo, línea D, conecto con la A en Catedral y wow. Hasta ese momento, sólo había utilizado la lídea D, y es lo que uno espera de un subterráneo. Ni más, ni menos. Pero la línea A, wow papo. Cuando llegué, me sentía que estaba iba al choliseo a un concierto de Aventura. El terminal estaba repleto, así que mas o menos empecé a computar, okay, si por cada puerta entra la gente a un flujo constante, tengo mayor probabilidad de entrar si me coloco a esperar en el punto donde dos puertas estén bien cercanas. O sea, me toca pararme entre la puerta final de un vagón, y la del comienzo del otro. Pues así hice, y quedé bien, cómodo imposible, pero al menos no me quedé fuera. El tren era retro, a un punto que sonreí, por fascinación. Los interiores en madera, y no una maderita rústica bien bonita, hablo de tren setentoso al que e han da’o como matraca. En vez de barandas en el techo, habían argollas, y supuse enseguida que este habría de ser el método de transporte predilecto de Tingui Vargas.

Ahora imagínense ese espacio cubierto por personas, viejos, pequeños, pobres, clase media, estudiantes, alcohólicos, turistas, etc, etc, etc, etc, etc, etc. Y hace falta como treinta eccéteras para tratar de describir la cuantía de homo disque sapiens que cohabitabamos ese espacio. La cantidad de personas ahí metí’as era tal, que en la próxima parada que hicimos, las puertas sirvieron de guillotina a la fuerza que unía a una madre con sus dos hijos, aja, los nenes se quedaron a pie por que no cabían. La gente empujando a ambas manos como si fueramos ropa que se negase a entrar a una maleta. Un cuasi caos. Un par de paradas delante, ya habiendo hecho lazos de simpatía con aquellos que me rodeaban, un don me pregunta; "¿vos te bajás en esta?", a lo que respondí no, en Primera Junta; ¿Por? Y me dijo el viejo sabio, Pues tenga cuidado hombre, venga para acá, que ahora sale una avalancha de gente y lo tiran si no se mueve. Yo no le creí, pero igual me hizo algo de espacio y lo tomé. No hicimos mas que llegar, y la estampida parecía la situación frenética que se vive en BestBuy un viernes negro. Hubo gente que optó por salir afuera, esperar que bajara el flujo de animales asustados y retomar la posición en el tren. “Whew, de la que me salvé” me dije. Ya un poco mas cómodo, esperé y llegué.
Recogí la pieza, y me puse a buscar la parada del colectivo que me tocaba tomar para seguir a mi próximo punto. Caminé como kenyano en competenia olímpica y nada. Pregunté, y nada. Paré en un kiosko a comprar frutas y me di cuenta de lo jodidamente baratas que estaban algunas.
La cosa es que yo quería pera (antojo momentáneo) y agarré un par. Muerdo la primera… orgasmo instantáneo. En mi vida, jamás, nunca, había probado tan suculenta pera. Wow, si Lotus usara estas pa’ hacer el jugo pfff, millonarios. Era la primera pera no adulterada que me comía, o sea, ya entiendo a los que están en contra de la alteración genética. Les hablo de peras que chorrean jugo, las de acá son mas duras, como manzanas. Después de eso, hubo varios días de adicción incontrolable a ellas.
Ya como no hallé la bendita parada, entré a un McDonalds a ver si cacheteaba internet, pero en ese la cosa no funcionaba. De todos modos me detuve a hacer la fila y comerme un cuarto de libra. Aquí me dí cuenta de otra cosa, la gente hace una fila por caja, no hay nada que limite el área entre el que pide y el que espera la comida, y se forma un despingue brutal. Yo soy muy paciente y tolerante, pero de las pocas cosas que no tolero es la mala educación de quien está pidiendo en un restaurante. Me importa un bledo que “estés pagando”, esa gente que atiende son personas, y muuuy pocos están ahí por que les encanta trabajar en un lugar así. Así que si te sirvieron con cebolla y tu pediste sin cebolla, utiliza tu manita y quítasela, por que para colmo vas a hacer que ellos echen al zafacón esa hamburguesa. Que yo sepa, nadie se ha muerto por un pedazo de cebolla, pepinillo o lo que fuere. A lo que iba, había mucha gente en espera, varias líneas, y fila en el servicarro. La cantidad de empleados definitivamente no era suficiente, y el homínido bípedo que se hallaba frente a mí le dijo de bruta pa’ abajo a la que le sirvió. Mi sentido de justicia salió así de la nada e intercedí por ella, la cosa fue algo así:
- Con su permiso, le pido de favor que trate a la joven con respeto
-¿Quién le preguntó a vos? ¡Boludo!
- Señorita, dígame cuanto es y yo le devuelvo el dinero al caballero, y no le sirva, por favor.
- Ah; ¿y de dónde salió este? ¿Qué se cree este?
- (extendiéndole la mano) Ángel Bermúdez, vice presidente de ventas de McDonalds para Latinoamérica y el Caribe. Mucho gusto.
El tipo se puso rrrrooooooooooooooooooooojo, y yo, que estaba sudando, sonreí. La cajera me miró como wow; ¿en serio? Y cuando se fue el tipo, con su hamburguesa mal despachada, le dije la verdad. Supongo que le hice el día. Luego de eso me tocaba actuar como hombre de negocios que le importa su empresa, así que de camino a sentarme recogí un par de bandejas, de las que siempre dejan tirá’s y le dí el buen provecho a medio mundo. No tengo idea de como se me ocurrió esa pendejá’ pero fue una victoria épica sin lugar a dudas.
Ya luego de todo lo que aconteció le pitché a mi último destino y me fui al centro. Me encontré con Juan, recogí mis bultos, y arranqué pa’ su casa. Caminé como catorce cuadras, y con gusto, para llegar al terminal de trenes de Once (así se llama la zona). Allí al llegar a la ventanilla, el cajero me preguntó a dónde iba, y con cara de quien emprende a un lugar a donde nunca ha ido le contesté, a Floresta. Son ochenta, me dijo. Así que saco la billetera, agarro un billete de cien pesos, y cuando se lo muestro al hombre puso el grito en el cielo. Que no, que no tiene cambio para eso. Que si no tenía uno de 20 tan siquiera. Ufffff ahí me hizo todo sentido, el se refería a ochenta centavos…
Al llegar al apartamento de Juan acomodé todo, y saqué un instante para disfrutar la vista de Buenos Aires desde un piso trece (sí, allá no se andan con esa superstición ñoña).

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¡Que se vayan todos! ¡Que no quede, ni uno solo! Es el cántico que se hace eco a 10 años del corralito. Gente que no confía aún en la clase política.

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