Me toca hacer el checkout, hoy me mudo con mi pana Juan, quien me ofreció un matre en el piso de su apartamento y obviamente no voy a decir que no. Me pidió que le hiciera un par de favores, recogerle unas piezas que compró online, así que hoy me toca andar largo y no como turista. Me despido de la gente del hostel, quienes mejor no pudieron ser conmigo. La verdad es que les agarré cariño rápido. Bueno, ahora a echar pata. Primer destino, pasar por el trabajo de Juan, recoger copia de su ID y toda la ñoña que me van a pedir. Agarro el subte y escucho a la gente quejarse. El gobierno decidió operar hoy como si fuera feriado, o sea, con el mínimo de personal. ¿Por qué? Es 23 de diciembre, y al parecer la pendejá de que a los empleados del gobierno les da rash trabajar es una cosa que no se limita a las fronteras boricuas. Ya huele a que la voy a pasar mal. Llego, tomo los documentos, y comienza mi aventura. Primer destino, Ave. Rivadavia, para el 5500. Tomo el subterráneo, línea D, conecto con la A en Catedral y wow. Hasta ese momento, sólo había utilizado la lídea D, y es lo que uno espera de un subterráneo. Ni más, ni menos. Pero la línea A, wow papo. Cuando llegué, me sentía que estaba iba al choliseo a un concierto de Aventura. El terminal estaba repleto, así que mas o menos empecé a computar, okay, si por cada puerta entra la gente a un flujo constante, tengo mayor probabilidad de entrar si me coloco a esperar en el punto donde dos puertas estén bien cercanas. O sea, me toca pararme entre la puerta final de un vagón, y la del comienzo del otro. Pues así hice, y quedé bien, cómodo imposible, pero al menos no me quedé fuera. El tren era retro, a un punto que sonreí, por fascinación. Los interiores en madera, y no una maderita rústica bien bonita, hablo de tren setentoso al que e han da’o como matraca. En vez de barandas en el techo, habían argollas, y supuse enseguida que este habría de ser el método de transporte predilecto de Tingui Vargas.


Ahora imagínense ese espacio cubierto por personas, viejos, pequeños, pobres, clase media, estudiantes, alcohólicos, turistas, etc, etc, etc, etc, etc, etc. Y hace falta como treinta eccéteras para tratar de describir la cuantía de homo disque sapiens que cohabitabamos ese espacio. La cantidad de personas ahí metí’as era tal, que en la próxima parada que hicimos, las puertas sirvieron de guillotina a la fuerza que unía a una madre con sus dos hijos, aja, los nenes se quedaron a pie por que no cabían. La gente empujando a ambas manos como si fueramos ropa que se negase a entrar a una maleta. Un cuasi caos. Un par de paradas delante, ya habiendo hecho lazos de simpatía con aquellos que me rodeaban, un don me pregunta; “¿vos te bajás en esta?”, a lo que respondí no, en Primera Junta; ¿Por? Y me dijo el viejo sabio, Pues tenga cuidado hombre, venga para acá, que ahora sale una avalancha de gente y lo tiran si no se mueve. Yo no le creí, pero igual me hizo algo de espacio y lo tomé. No hicimos mas que llegar, y la estampida parecía la situación frenética que se vive en BestBuy un viernes negro. Hubo gente que optó por salir afuera, esperar que bajara el flujo de animales asustados y retomar la posición en el tren. “Whew, de la que me salvé” me dije. Ya un poco mas cómodo, esperé y llegué.
Recogí la pieza, y me puse a buscar la parada del colectivo que me tocaba tomar para seguir a mi próximo punto. Caminé como kenyano en competenia olímpica y nada. Pregunté, y nada. Paré en un kiosko a comprar frutas y me di cuenta de lo jodidamente baratas que estaban algunas.
La cosa es que yo quería pera (antojo momentáneo) y agarré un par. Muerdo la primera… orgasmo instantáneo. En mi vida, jamás, nunca, había probado tan suculenta pera. Wow, si Lotus usara estas pa’ hacer el jugo pfff, millonarios. Era la primera pera no adulterada que me comía, o sea, ya entiendo a los que están en contra de la alteración genética. Les hablo de peras que chorrean jugo, las de acá son mas duras, como manzanas. Después de eso, hubo varios días de adicción incontrolable a ellas.
Ya como no hallé la bendita parada, entré a un McDonalds a ver si cacheteaba internet, pero en ese la cosa no funcionaba. De todos modos me detuve a hacer la fila y comerme un cuarto de libra. Aquí me dí cuenta de otra cosa, la gente hace una fila por caja, no hay nada que limite el área entre el que pide y el que espera la comida, y se forma un despingue brutal. Yo soy muy paciente y tolerante, pero de las pocas cosas que no tolero es la mala educación de quien está pidiendo en un restaurante. Me importa un bledo que “estés pagando”, esa gente que atiende son personas, y muuuy pocos están ahí por que les encanta trabajar en un lugar así. Así que si te sirvieron con cebolla y tu pediste sin cebolla, utiliza tu manita y quítasela, por que para colmo vas a hacer que ellos echen al zafacón esa hamburguesa. Que yo sepa, nadie se ha muerto por un pedazo de cebolla, pepinillo o lo que fuere. A lo que iba, había mucha gente en espera, varias líneas, y fila en el servicarro. La cantidad de empleados definitivamente no era suficiente, y el homínido bípedo que se hallaba frente a mí le dijo de bruta pa’ abajo a la que le sirvió. Mi sentido de justicia salió así de la nada e intercedí por ella, la cosa fue algo así:
- Con su permiso, le pido de favor que trate a la joven con respeto
-¿Quién le preguntó a vos? ¡Boludo!
- Señorita, dígame cuanto es y yo le devuelvo el dinero al caballero, y no le sirva, por favor.
- Ah; ¿y de dónde salió este? ¿Qué se cree este?
- (extendiéndole la mano) Ángel Bermúdez, vice presidente de ventas de McDonalds para Latinoamérica y el Caribe. Mucho gusto.
El tipo se puso rrrrooooooooooooooooooooojo, y yo, que estaba sudando, sonreí. La cajera me miró como wow; ¿en serio? Y cuando se fue el tipo, con su hamburguesa mal despachada, le dije la verdad. Supongo que le hice el día. Luego de eso me tocaba actuar como hombre de negocios que le importa su empresa, así que de camino a sentarme recogí un par de bandejas, de las que siempre dejan tirá’s y le dí el buen provecho a medio mundo. No tengo idea de como se me ocurrió esa pendejá’ pero fue una victoria épica sin lugar a dudas.
Ya luego de todo lo que aconteció le pitché a mi último destino y me fui al centro. Me encontré con Juan, recogí mis bultos, y arranqué pa’ su casa. Caminé como catorce cuadras, y con gusto, para llegar al terminal de trenes de Once (así se llama la zona). Allí al llegar a la ventanilla, el cajero me preguntó a dónde iba, y con cara de quien emprende a un lugar a donde nunca ha ido le contesté, a Floresta. Son ochenta, me dijo. Así que saco la billetera, agarro un billete de cien pesos, y cuando se lo muestro al hombre puso el grito en el cielo. Que no, que no tiene cambio para eso. Que si no tenía uno de 20 tan siquiera. Ufffff ahí me hizo todo sentido, el se refería a ochenta centavos…
Al llegar al apartamento de Juan acomodé todo, y saqué un instante para disfrutar la vista de Buenos Aires desde un piso trece (sí, allá no se andan con esa superstición ñoña).